Nudo Gordiano #14

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Estefanía Mejía Negrete El día que perdí a mi mamá fue el último en que reconocí mi imagen reflejada en el espejo. Desde muy pequeña, ella me había prohibido que me cortara el cabello y se encargaba minuciosamente de su cuidado. Me lo trenzaba cada mañana, y cada noche me deshacía la trenza para luego peinarlo suavemente con el cepillo de plata, que había pertenecido a mi abuela. Me lo cepillaba cien veces antes de acostarme, sentadas al borde de mi cama porque decía que de esa forma se volvía más sedoso y brillante. Cien veces exactas o el truco no iba a funcionar. Siempre tuve bastante volumen, así que esa acción podía demorar hasta una media hora abundante. Para mí, se trataba de un ritual mágico, y sentir las cerdas que me acariciaban la nuca me relajaba tanto, que me envolvía entre las sábanas que olían a lavanda, y caía en un sueño profundo. Como una princesa víctima de algún sortilegio. Pero cada amanecer no podía salir de la puerta, sin que mi mamá me amarrara el cabello en una trenza sólida y compacta, que se me había vuelto imprescindible para mantener el equilibrio como la cola es para los gatos.

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