Muerte encefálica en pediatría

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Juan David Roa Giraldo, MD Neuropediatra intensivista Instructor asociado Departamento de Pediatría Fundación Universitaria de Ciencias de la Salud (FUCS)

“Los límites entre la vida y la muerte son, en el mejor de los casos oscuros y vagos, ¿quién debe decidir dónde empieza uno y dónde termina el otro?”. Edgar Allan Poe, “El entierro prematuro”.

Históricamente, la definición de muerte ha sido vista desde el punto de vista cardíaco, de manera que, para la población en general e, incluso, para muchos profesionales de la salud, el término de la vida llegaba de forma irreversible cuando se perdía la función cardíaca y pulmonar. Desde el inicio de la medicina y la curación, trataron de definirse los criterios para declarar la muerte de un individuo; los primeros que se postularon, más por tradición oral que por rigor científico, fueron: • Ausencia de respuesta al ser llamado tres veces por su nombre. • Incapacidad para empañar un espejo puesto frente a la nariz.

Con estos criterios, no es de extrañar que la posibilidad de ser enterrado vivo no fuera tan infrecuente, y el temor a este infortunado suceso se volvió generalizado, tanto que en la sociedad victoriana se diseñaron féretros y mausoleos con medidas especiales, para que, en el caso de que alguien despertara enterrado tras un sueño aún no eterno, tuviera la posibilidad de comunicarse con el exterior. El temor a ser enterrado vivo es una creencia que sigue en el imaginario popular, aun hasta nuestros días.

Más adelante, en la medida en que los avances en la medicina fueron permitiendo el desarrollo de técnicas de soporte vital cada vez más avanzado, las funciones respiratorias y circulatorias se han podido sostener de manera tan eficiente e indefinida que incluso pueden llegar a suplir casi completamente el funcionamiento de estos órganos. Es asociado al nacimiento del cuidado intensivo que vinieron los cuestionamientos clínicos y éticos sobre hasta qué punto se debían sostener pacientes con severas lesiones cerebrales, lo que hizo que se planteara la necesidad de formular criterios para definir el tiempo y la intensidad de las medidas soporte en pacientes con severo compromiso neurológico, los cuales eran completamente dependientes de este soporte para que sus órganos siguieran funcionando y, por ende, según el criterio cardiovascular, continuar viviendo. Teniendo en cuenta, además, que ya era conocido que la recuperación no solo funcional sino también vital de estos pacientes era muy incierta y la supervivencia sin el apoyo de equipos de sostén cardiorrespiratorio, más específicamente la ventilación mecánica, no era sostenible. En 1968, el informe Harvard en los Estados Unidos, considerando antecedentes de varios

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