
5 minute read
Radioterapia por Ernesto Tancovich
from Nudo Gordiano #9
por Ernesto Tancovich.
El traslado - Ruta Provincial 6, 4.00 a.m.
Advertisement
Es noche todavía, transparente.
Lejos, a la izquierda, en trazo nítido, ligeramente sesgado, las luces en hilera de Alto Cardales acotan el mundo.
Una curva repentina las arroja tras la parda arboleda.
En el fondo de la ruta, amontonadas en desorden, arden otras luces naranjas, amarillas, rojas, fundiéndose unas en otras, temblorosas.
Entre un sueño y otro sueño fogatas se me figuran de algún arcaico rito pueblerino.
Autopista del sol – 4.15 a.m.
Ahora, en el confín de los campos embozados en negrura tan estricta que apenas cabe recordarlos, rasgando la noche, de norte a sur, impecable, la recta luminosa de ruta ocho describe un falso horizonte.
El chofer insiste en su compilado de cumbias.
La voz se arrastra, lastimosa
dame cinco minutos
cinco minutos y nada más
cinco minutos para decir
cinco minutos
tan sólo cinco minutos…
En el asiento trasero la otra paciente ha desactivado los signos de vida.
Amodorrada, se hace olvidar.
Tiro líneas de fuga que me distancien del machacar cumbiero, la calefacción excesiva y los apremios del mundo.
Otamendi, San Jacinto, Río Luján han quedado atrás.
Pasando Loma verde, a izquierda y derecha, asediando las lindes de la noche se precipitan fábricas festoneadas de focos, talleres mecánicos, almacenes una Shell fulgente de rojos y amarillos, invernáculos fantasmales.
Y allá vamos, emprendiendo el último tramo, cortando el arroyo Escobar, a ciento treinta, por el tercer carril, a ciento cuarenta.
Pasamos la estación de peaje, la torre de Unicenter, el empalme de autovías, el gasómetro.
Pasamos bajo un puente bajo y angosto y ante las mil y una luces que puntillean la fachada catedralicia del fabuloso Bingo San Martín.
Vamos llegando.
La cumbia arrastra unos metros más su letanía, infatigable, fatigosa.
Día habrá en que también suplicaremos con voz estrangulada cinco minutos más.
Cinco minutos, solamente cinco minutos, tal como de chicos pedíamos en el almacén de don Teodoro un caramelo de yapa.
El arribo – San Martín 4.55 a.m.
Finalmente aterrizamos.
Esperaremos las seis, dando cara al frío de junio en la vereda de Radiaciones San Martín
Claudia de San Andrés de Giles,
Hugo de Escobar,
Olga, la evangelista de Matheu,
López, el colectivero de Lomas,
Silvina de Baradero la dulce,
Lucía, la hermética de San Pedro,
el chistoso Ramón, de La Josefa
y los nuevos que aún no tienen nombre.
Enfrente, bajo la marquesina de la Obrera Textil los choferes arman ranchada, conversan de motores, de mujeres, de fútbol o de nada, mateando, a prudencial distancia de la temida raya que deslinda esto de aquello.
Sala de espera – Con Esther, 6.10 a.m
Interrumpiendo el soliloquio en que transcurren sus días me aprovecha en esta larga espera.
Que no se casó, me dice, aunque tuvo muchas parejas.
Una descocada, dice, no debe tener hijos.
Ayer pidió a dios le diera energías, me cuenta,y fue escuchada.
Limpió la casa, lavó ropa, preparó una fuente para los gatos de los techos.
Llegó a San Martín en el 343, esa carreta desesperante, y luego de radioterapia abordará el 161 para la quimio en Florida este.
Sobrevivir es una competencia de triatlón.
Cuenta que a sus veintinueve, quizá por evitar lo que ahora pasa, las horas solitarias, la enfermedad, las molestias del vivir, tomó un frasco de Luminal.
“No es buen plan suicidarse” dijo el médico de guardia.
“Dos fuerzas confrontan y se suele fracasar a medias, una se disparó en la sien y quedó ciega. Ahora estudia en braille. Podés tirarte al paso de un tren, perder las piernas y seguir por la vida en un carrito”.
Esas razones la disuadieron, dice.
Ríen los labios empastados de bermellón.
La cara es una trama de arrugas, el mapa vial de un país súper poblado.
Bajo la superficie aletea aquella joven desdeñada por la muerte.
Librando un combate interminable en que todo el tiempo se anima a hurras de victoria y en que cae derrotada una y otra vez, todo el tiempo.
Sala de espera – 7.00 a.m.
Evitando las deprimentes revistas dominicales que se acumulan en la mesita, vuelvo las páginas amarillentas del Viaje al fin de la noche.
Bardamú ha obtenido en el puerto de Nueva York el cargo de censista de piojos.
Los clasifica por su origen: piojos peruanos, piojos polacos, piojos chinos, ucranios, albaneses…
Rinde informes diarios, confecciona estadísticas, gana prestigio en la especialidad, genera envidias.
No consigo dominar la risa.
La gorda parecida a Buda me mira con sospecha.
El viejo Troche me mira con curiosidad.
La doliente de Suipacha me mira intrigada.
La odiosa de Zárate evita mirarme.
La hermética de San Pedro me mira furtivamente.
La atildada de Campana Centro me mira con temor.
Marisa Oviedo, la furibunda peronista de Villa Bosch, me mira divertida, sonríe, le sonrío. Cierro el libro, y reímos, francamente, cada cual sabrá de qué a todo el ancho de la sala.
Gabriela – Sala de radioterapia 8.15 a.m.
Desde su puente de mando llama por el parlante, anota, indica:
Vestidor tres, deje el abrigo, espere ahí, cuando salga la señora pase usted. Acuéstese, levante las piernas, ahora bájelas, manos sobre el pecho, no se mueva.
Corre desde la máquina al monitor y vuelve, corriendo, sin dejar de hablar del tema del día.
El frío, la lluvia, la ropa que no seca, el jardín de infantes de la hija, lo que cenaron anoche, el crimen o accidente de la víspera, indignada por esto o por aquello.
Esta semana las verdulerías recibieron las primeras mandarinas y recuerda las que había en casa de la abuela, allá en Paraguay, de tres variedades distintas.
De cuando las tomaban de la planta en el tibio invierno subtropical y las desgajaban como si fuesen horas.
También las naranjas, tan dulces y diferentes de las que venden aquí.
Y aquellos rotundos pomelos, soles distantes que todavía relumbran, vocingleros, en la palabra.
La sesión – 8.30 a.m.
Las manos cruzadas sobre el pecho, me dice.
Respire normal, sin moverse.
Los paneles del cielorraso son cuadrados, excepto el que corresponde, en espejo, a la camilla, rectángulo que equivale a dos de los otros.
En su centro, pintada, una cruz negra.
Alguna función ha de cumplir que omito averiguar. Me sobrevuela, es un buitre que atestigua o advierte.
Cierro los ojos, dejándome olvidar, ensayando para muerto.
La máquina se desplaza, pip pip, se detiene, vibra a un lado del cuerpo, al otro, como practicando mediciones, se retira.
La camilla corre sobre unos rieles. La sesión ha terminado.
Atrás queda por hoy la cruz.
Resucito, bajo, acomodo la ropa, echo a andar.
El peregrinaje continúa.
www.revistanudogordiano.com