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EL SOCORRO nos viene del Señor
CARTAGENA TRIMILENARIA, CARTAGENA CRISTIANA
Junto al mar, entre murallas y castillos, salpicada de iglesias, antiguos conventos y cuarteles militares; rodeada de colinas, cual nueva Roma y cobijada bajo la sombra pro tectora de la inmensa caridad de Dios. Cartagena, la joya de esta ribera del Mediterráneo, mar antiguo desbordante de historias y leyendas, de rutas comerciales y de caminos sobre el mar portadores de antiguas culturas.
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Mar Mediterráneo portador de tesoros. Vía sacra por la que llegó hasta nosotros el cristianismo. Por esa puerta abierta, por ese puerto nuestro con forma de brazos extendidos en señal de bienvenida, entró la fe redentora. Cartagena “porta fidei”.
Y fue un Apóstol de Cristo, uno de sus primeros llamados, Santiago, el que un día, intrépido, con esa valentía que da la fuerza del Espíritu Santo, el que tras dejar todo (familia, amigos, trabajo, seguridades, su amada tierra y su querido Mar Galileo) se aventuró a cruzar el mar para llegar a nuestras costas.
Llegando el Apóstol hasta la bocana del puerto hizo que su embarcación virase hacia estribor, donde se encontraba un pequeño puerto de pescadores, quizá evitando así a los soldados romanos que vigilaban el puerto principal ante el peligro de ser detenido al ser los cristianos una secta del judaísmo considera peligrosa en aquel entonces. O quizá, la decisión de llegar al puerto pesquero se debió a que el evangelizador quiso comenzar su predicación entre las gentes sencillas, entre los pescadores, cuyo oficio tan bien conocía y tal vez añoraba.
Fue así, como un pequeño pueblo de pescadores, se convirtió en el primer receptor y acogedor de la Palabra de Dios cuya semilla se plantó aquí y se extendió por toda la península, convirtiéndose Cartagena en la cuna del cristianismo hispano.
Pasan los años y los siglos por esta ciudad hasta que el Rey Sabio restituye en la ciudad la Silla Catedralicia en la que volverían a sentarse los sucesivos obispos de Cartagena, aunque desgraciadamente ya sin ser lo que fue en principio, Sede Primada y Metropolitana, titulo perdido en detrimento de Toledo en época visigótica.
Con el correr de los años y tras muchos avatares históricos llegamos al siglo XVII, y concretamente al año 1689, ahí comenzó todo.
HIJOS DE UN MILAGRO
Hay constancia de que en la Iglesia Principal de la ciudad, aquella que según la tradición custodiaba la Silla Episcopal, se daba culto a una imagen de Cristo, bastante oscurecida por el envejecimiento de la madera y, tal vez, por el humo de las velas encendidas a sus pies por sus muchos devotos, se trata del Cristo Moreno de la Catedral, como es conocido desde antiguo.
Ese Cristo venido sobre las aguas, según antiguas y venerables tradiciones, era habitualmente sacado en procesión haciendo rogativas para pedir al cielo el preciado don del agua, esa agua que nos es tan necearía y es fuente de vida.
Del agua surge la vida y de una de esas salidas en rogativa del Cristo Moreno implorando el ansiado líquido nace la Muy Noble, Devota, Ilustrísima y Pontificia Cofradía de la Hermandad de Caballeros del Santísimo Cristo del Socorro de la Ciudad de Cartagena.
La ahora llamada, de forma abreviada, Cofradía del Socorro, es consecuencia de un hecho histórico acaecido en un lejano 1689, la milagrosa curación del hijo de un noble de la Ciudad realizada por el “Cristo Moreno de la Catedral” a su paso por la plaza que lleva el nombre del Patrón de la Ciudad, San Ginés de la Jara. La Cofradía es, pues, fruto de un milagro.
La memoria nos traslada al 13 de marzo de aquel año, ese día, un desolado padre sale al encuentro de la imagen de Cristo; porque padre de una pequeña criatura enferma era, en ese momento angustioso, antes que cualquiera de sus grandes títulos, D. Pedro Manuel Colón de Portugal y de la Cueva, Duque de Veragua y Capitán General de las Galeras de España.
Al paso de la sagrada imagen, el Duque corre angustiado a su encuentro y arrojado de rodillas a los pies de Cristo implora con el corazón desecho y con lágrimas en los ojos la compasión del cielo para que el niño que lleva en sus brazos alcanzase la curación. Cristo, consuelo de los que lloran y socorro de los que sufren, escucha las suplicas de aquel atormentado padre concediendo la implorada salud al pequeño niño llamado Manuel.
Aquella imagen del Cristo Moreno que obra milagros para otros, no quiso hacer el milagro para salvarse a sí mismo de la barbarie de la pasada Guerra Civil y así el autor de aquel milagro, origen de la Cofradía del Cristo del Socorro, sucumbió ante el odio y la incultura en
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una sombría tarde del 2 de Septiembre de 1936, apenas comenzada la guerra fratricida que durante tres años asoló nuestro país, siendo necesario encargar una nueva imagen al escultor cartagenero Manuel Ardil, tras la refundación de la Cofradía en febrero de 1961.
COMO CASA UNA CATEDRAL
En los primeros años del incipiente cristianismo, tras la llegada del apóstol y la conversión de los primeros cristianos, se establece en la Carthagonova Romana la primera iglesia, la llamada “domus eclesiae”.
Según la costumbre de la primera expansión y establecimiento del cristianismo, la casa particular de los primeros conversos solía ser utilizada como lugar de culto. Como en otros lugares del universo cristiano, aquella casa de los primeros conversos, se convirtió en el lugar que acogería en la clandestinidad a todos aquellos que, poco a poco, fuesen adquiriendo la nueva fe venida de oriente pasando por la capital del Imperio.
Posteriormente, tras la legalización del cristianismo y su ascenso a religión oficial del Imperio Romano con el Emperador San Constantino, el Grande, y el aumento considerable de cristianos que ello supuso, es altamente probable que se buscase un lugar en el centro de la población, al abrigo de sus murallas.
Tal vez, y siguiendo la lógica histórica, basada en las costumbres de la época, este debió ser el camino de la Catedral de Cartagena, que aunque de origen humilde como todas las primitivas iglesias, con el paso de los siglos fue adquiriendo mayor prestancia y dignidad.
En aquella Catedral una vez restaurada, tras la Reconquista, la Sede Cartaginense y llegados mucho después al siglo XVII, el Duque de Veragua, en agradecimiento al Cristo autor del milagro de curación de su pequeño hijo, hace la promesa de erigir, sufragando todos los gastos, una esplendida capilla dentro del templo catedralicio, creando, al mismo tiempo, una cofradía pasionaria encargada de asegurar su culto y custodiar la sagrada imagen, así como sacar en procesión a la imagen del Titular de la misma siendo este el llamado Cristo del Socorro.
Dicha capilla es la que se conserva, aun en pie, y totalmente restaurada, dentro de las ruinas de la catedral. La capilla, propiedad de la actual Cofradía del Cristo del Socorro, es la más majestuosa del templo y cuenta con una admirable portada realizada en yesería. Hasta la Contienda Civil se conservó un magnifico retablo del siglo XVII donde fue entronizada la imagen del titular, hecho que se conmemora cada año, con una solemne eucaristía, el tercer domingo después de la Epifanía.
Este es el lugar desde donde, hasta las obras de restauración y puesta en valor de Teatro Romano de Cartagena descubierto, en parte, bajo la catedral, salía en procesión desde el siglo XVII el Cristo del Socorro, este es el lugar fruto de muchas añoranzas de los hijos y devotos del Socorro. El refundador de la Cofradía, Juan Jorquera del Valle, hace poesía esa añoranza:
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Se está cayendo a pedazos la iglesia que Tú querías… Es la agonía de la piedra que acompaña a Tú Agonía.
Los cofrades del Cristo del Socorro emprendemos cada año una nueva Semana Santa, con el mismo fervor y la misma ilusión de años anteriores, pero también con el sueño y el anhelo legítimo y, apenas disimulado, de volver a pisar el sagrado suelo catedralicio de nuestra Capilla y de elevar nuestras plegarias entre sus consagrados muros, testigos silenciosos de tantas salidas y recogidas de nuestra procesión.
¡Ay, Catedral de Cartagena, ¿cuándo volverás a abrir tus puertas para cobijar en tus entrañas sagradas la imagen bendita de tu Cristo Moreno!
Cada cofradía, hermandad o asociación religiosa tiene su propia esencia, sus particularidades que la hacen distinta a las demás, aunque prácticamente, al menos en Cartagena, todas ellas tienen pocas diferencias, principalmente en la forma estética de manifestar la fe. Entre todas ellas se aprecian cambios en el color identificativo y en los diversos formatos de sus actos litúrgicos principales. Sin embargo, la Cofradía del Cristo del Socorro, heredera de la más antigua de las cofradías cartageneras mantiene todavía, a pesar de sus refundaciones, bastantes elementos de su esencia primitiva, lo que la hace distinta del resto de las cofradías. Dentro del marco cofrade cartagenero, la Cofradía del Socorro, es algo radicalmente distinto lo que la hace realmente única.
Pasamos a detallar, sin ánimo de enumerarlas todas, algunas de sus singularidades más patentes.
LA AUSTERIDAD COMO VESTIDO
El primer rasgo distintivo que quisiera destacar es el de la vestimenta procesional de los Hermanos del Socorro.
Se trata de un hábito de sencilla factura y de pobres telas que pretende transmitir el sentido de austeridad de los primitivos hábitos penitenciales que distinguían las cofradías creadas para venerar la Pasión del Señor y ante la que el hombre quiere mostrar su arrepentimiento por la muerte causada a Cristo por sus pecados.
Las túnicas de las primeras cofradías era una indumentaria toscamente tejida y de tela oscura en una actitud de arrepentimiento a causa del pecado. Era totalmente incomoda, picaba el cuerpo y representaba una humillación llevarla. Actualmente, el hábito del Socorro se compone de túnica morada, color propio de la Cofradía, fabricado en tejido de estameña y ceñido con cinturón de cuerda de pita. Sobre la cabeza, cubriendo el rostro, un verdugo negro y como coraza, sobre el pecho, un escapulario con el escudo de la Cofradía cuajado de corazones, los corazones de aquellos primeros fundadores, rodeados de una frase de la Escritura.
Acompañando a esa austeridad en el vestir, el desfile procesional es también austero en la escasa iluminación, aunque no faltan hermanos alumbrantes y, sobretodo, es austero en la música, pues solamente un tambor sordo acompaña el recorrido de la procesión haciendo silencio reverente ante la muerte de Cristo interrumpido únicamente por el rezo de las estaciones, el canto de alguna saeta y el de la primera Salve de la Semana Santa cartagenera, a los pies de nuestras patronas del Rosell y de la Caridad y de la Soledad del Consuelo al finalizar el Viacrucis.
Esa austeridad que caracteriza a la Cofradía del Cristo del Socorro se traduce en obras de caridad, imitando la Caridad de Cristo, que siendo rico se hizo pobre por nosotros (cf. 2 Cor 8, 9). Así gran parte del su presupuesto, el 33 por ciento, es destinado a obras de caridad, uno de los fines principales que deben distinguir a una cofradía pasionaria.
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EL SACRIFICIO EUCARÍSTICO
Otro de los signos que caracterizan esta venerable Cofradía es la celebración de la Eucaristía como momento culminante de nuestros actos cuaresmales, al final del Triduo al sagrado titular, el viernes de la tercera semana de cuaresma.
Es del todo lógico y coherente que la celebración principal en honor a una imagen de Cristo crucificado sea la celebración de la eucaristía porque ella conmemora el supremo sacrificio de Cristo, consumado en el altar de la cruz.
En el centro de la litúrgica de la Iglesia está Cristo y el misterio de su muerte y resurrección. La celebración está presidida por la imagen del titular de la Cofradía clavado en la cruz como elemento principal junto el altar porque la misa es la actualización incruenta del sacrificio cruento llevado a cabo en la cruz. El crucifijo preside el altar para recordar a los fieles y al celebrante que la víctima que se ofrece sobre el altar es la misma que se ofreció en la cruz la tarde del primer Viernes Santo. La celebración de la Eucaristía ayuda a mirar al crucificado y es una oportunidad para caminar con la mirada puesta en Jesús, como dice la Escritura: “Mirarán al que traspasaron” (Jn. 19, 37).
REMEMORANDO LA SALVADORA PASIÓN
La celebración de la Eucaristía solemne en honor a nuestro titular quiere remitirnos al día de la Pasión redentora de Cristo, por eso, cada año volvemos a leer un fragmento de la Pasión según San Juan.
El relato de la Pasión marca el centro de esta celebración. Su lectura nos invita a estar recogidos en torno a la cruz del Señor del Socorro, contemplándolo, entremezclados los sentimientos de dolor ante el sufrimiento de Cristo, y de gozo y esperanza porque su pasión y muerte son por nosotros, por los pecadores. En este relato descubrimos que cargo con nuestras culpas, y tomó sobre sí el castigo que era nuestro, que se hizo solidario por amor con nuestros sufrimientos y nuestros fracasos, y así les dio sentido y abrió el camino de la esperanza, sus cicatrices nos curaron.
Este misterio de amor, es lo que contemplamos en el relato de la Pasión donde Cristo se hace más hombre que nunca. Y su muerte no es en vano sino que participa de nuestra misma muerte para que nosotros participemos de su misma Vida.
SUS CICATRICES NOS CURARON
En los días previos a la Procesión del Cristo del Socorro, cuando tan solo faltan dos días para subir la imagen hasta las inmediaciones de la Vieja Catedral los hermanos y devotos del Señor del Socorro, rememoran devotamente las cinco principales heridas sufridas por Cristo clavado en la cruz.
Se trata de un acto realizado con sencillez y austeridad en el resuenan las palabras del profeta Isaías: “Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado; pero él fue traspasado por nuestras rebeliones, triturado por nuestros crímenes. Nuestro castigo saludable cayó sobre él, sus cicatrices nos curaron” (Is 53 4-5).
Las llagas de Cristo, dibujadas con los clavos y la lanza y enmarcadas con la sangre redentora son la puerta de la misericordia, por ellas tenemos abierto de nuevo el acceso al Paraíso. Las cicatrices del cuerpo inmaculado de Cristo son
ventanas a través de las cuales puede verse la inmensidad del amor de Dios. Esas marcas son un sello de amor. Jesús quiso que en su cuerpo permanecieran las heridas de la Pasión aún después de resucitar porque aquellas llagas son el signo permanente del amor sin medida de Dios por nosotros.
El rezo de las Cinco Llagas de Cristo prepara el espíritu para el acontecimiento que pocos días después sucederá. La meditación de las sagradas cicatrices del Redentor pone ya en camino de recorrer las calles de Cartagena anunciando a nuestro paso: Mirad al que crucificaron, contemplad al que traspasaron, sus heridas nos han devuelto a la Vida, los sufrimientos de nuestro Salvador son nuestra medicina.
CAMINANDO JUNTO A LA CRUZ
El momento culminante de los actos de la Cofradía del Cristo de Socorro es el rezo del Vía Crucis en la madrugada del Viernes de Dolores. Fue un viernes, el primer Viernes Santo de la historia en el que se inauguró esta Vía, este camino doloroso de la cruz. Un camino doloroso recorrido en primer lugar por Cristo y recorrido después por multitud de creyentes.
Cuantos fieles han querido a lo largo de los tiempos acercarse, aunque fuese un poquito, al momento en que el Señor nos trajo la salvación. Cuantos han querido venerar la Pasión de Cristo, cuantos han sentido la necesidad de adorar la bendita cruz y los instrumentos de la Pasión redentora como una forma de agradecer a Cristo la nueva vida que estos nos procuraron.
Este piadoso ejercicio consiste en recorrer, de forma espiritual, aquel camino que recorrió Jesús hasta el monte Calvario cargado con la Cruz. El Vía Crucis está compuesto por 14 estaciones que representan ciertas escenas ocurridas durante ese doloroso trayecto, sacadas de los Evangelios y de la tradición, como son las tres caídas y alguna otra como la del encuentro de la Virgen María con su hijo Jesús, que aunque no están recogidas en el Evangelio fueron muy probablemente hechos históricos.
Son dos los viacrucis que realiza la Cofradía del Socorro, el más importante que se realiza el Viernes de Dolores en la madrugada y el que ocupa la celebración del segundo día del Triduo cuaresmal. Se trata de un Viacrucis claustral al realizarse dentro de la Iglesia Castrense de Santo Domingo, actual sede de nuestros actos litúrgicos.
El recorrido de las estaciones está presidido por la Cruz Tosca, uno de los símbolos de la Cofradía, portada por diversos hermanos; al finalizar el camino doloroso de Cristo los devotos del Cristo del Socorro participantes en la celebración pasan reverentemente a realizar la adoración de la cruz, acto cuya máxima expresión se realiza en los Sagrados Oficios del Viernes Santo, pero que nosotros adelantamos ya a este día.
Adoramos la cruz y en ella al Crucificado, aunque en este caso, al tratarse de una tosca cruz de madera, sin más adorno que el Escapulario Procesional de la Cofradía, este no esté presente. Cuando besamos esa pequeña cruz, besamos también a Cristo clavado en ella. Cuando abrazamos al Crucificado es él quien termina abrazándonos a nosotros y llenando de sentido nuestro sufrimiento y nuestra propia vida. Todos llevamos alguna cruz, todos hemos sentido su peso que nos aplasta.
Adoramos la cruz y en ella al Señor, con su rostro marcado por las huellas de la pasión, y, al adorarlo le pedimos que nos ayude a llevar la nuestra. La cruz de Cristo da sentido a tantas cruces que se levantan en el mundo y que laceran el corazón humano.
Al acercarnos de forma sencilla pero llena de fe, a esa cruz que besamos, nos acercaremos a tantas cruces clavadas en el mundo, y a tantos hombres que las llevan sobre sus hombros, en cada hombre sufriente podemos ver el rostro del Señor y tocar su carne herida.
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JUNTO A LA CRUZ, ESTABA ELLA
Junto a la cruz, bajo el crucificado está María, Ella siempre está al lado de todo aquel necesitado de socorro como intercesora y compañera en los momentos de dolor.
Una de las imágenes más entrañables de la Pasión es la que nos muestra a la Virgen al pie de la cruz. Al mirar a su madre, y al discípulo que tanto quería, Jesús nos hace el mejor regalo: nos dio en herencia a su propia madre. María al pie de la cruz concibió a la humanidad nueva nacida del costado abierto de Cristo. Y desde ese día, María vive en nuestra casa y en nuestro corazón.
María es la puerta de la Salvación, una puerta siempre abierta, Ella, con su Sí sin condiciones, abre la puerta de la Salvación. María de la Soledad del Consuelo, al descender al ritmo elegante de sus portapasos es la que abre la Semana Santa.
La imagen actual de la Virgen, obra del insigne escultor José Hernández Navarro, la representa sedente, en actitud triste y contemplativa. Es una representación simbólica de la Patrona de la Ciudad en la que Cristo es sustituido por los símbolos de la Pasión que no solo representan la Pasión del Hijo, sino también la pasión de los hijos recibidos por Ella en el altar de la cruz.
La Madre de la Cofradía, es conocida también como la Virgen de los toreros, por haber tenido antiguamente su casa en la capilla del Coso de Cartagena y Madre de los poetas. El mejor poema de María es Cristo, por Ella, la Palabra eterna del Padre se hizo carne. La mejor melodía salida de sus labios fue su aceptación del plan salvífico de Dios, su “Hágase en mí según su palabra” restableció la armonía del universo.
María, Madre y corredentora, gracias por Jesucristo, el Redentor, que con la sangre de su Cruz se convirtió en el Socorro de la humanidad caída esperado y gritado por los antiguos profetas.
La devoción a la Virgen se traduce en emoción, la emoción y el sentimiento de sus hijos al llevarla sobre sus hombros, y se traduce también en plegaria y oración:
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Madre de tus hijos del Socorro, acogemos en tu regazo, junto a los símbolos de la Pasión de tu Hijo y ya nunca estaremos solos, míranos con tu dulce mirada materna y en ella encontraremos, como tu Hijo, la paz y el consuelo. Amén.
CUARTA ESTACIÓN: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MARÍA, SU MADRE
Nuestra devoción por la Madre del Salvador, se traduce también en encuentro y abrazo. Son dos esos momentos de abrazo a nuestra Madre en la hermosa noche del Viernes de Dolores. Mientas el cortejo va desgranado sus oraciones, las imágenes sagradas llegan a las puertas de Santa María de Gracia, sede de las cofradías cartageneras; y allí la oración se vuelve ofrenda de flores y Salve, la primera de la bella Semana Santa de Cartagena.
Allí nos recibe la venerable imagen de la antigua Patrona, madre de brazos y de puertas abiertas, que en el primer día de la Semana Santa, en sus primeras horas, abre su casa para recibir a Cristo que acude en busca de socorro y de consuelo. Con nuestro entrañable encuentro le pedimos que abra nuestro corazón para que, diseñado a imagen del suyo y el de su hijo, sepa descubrir en el más necesitado el rostro bendito de Jesús. Continúa el Viacrucis y las calles solitarias y aun en penumbras nos guían hasta la Madre de Cartagena para nuestro segundo encuentro; los pies de los cofrades y acompañantes se detienen para adentrarse, junto con las dos imágenes que se procesionan, en el interior de la Basílica buscando refugio bajo la cúpula de la Caridad de Dios, esa Caridad que tiene su máxima expresión en la imagen de la Virgen de la Caridad sosteniendo en sus brazos al Hijo yacente. ¿Qué mejor lugar pudo encontrar Cristo para entrar en el descanso de la muerte, que los brazos de su Madre?
Cada año, fieles a la cita, los cofrades de la primera procesión de la Ciudad y de España, acuden a saludar a la Virgen en las primeras horas del día más sagrado de Cartagena, el día de su santo y celebrar la primera de las Eucaristías que se celebrarán en su honor.
Los penitentes quieren acompañar en su angustia a la Madre dolorosa y sus corazones agradecidos estallan de nuevo en plegaria:
Recibe Sagrada Virgen María, nuestras plegarias y oraciones piadosas como bálsamo para sanar las heridas corporales de tu Hijo y las heridas de tu corazón traspasado con los puñales del dolor. Madre de Cartagena, Señora llena de bondad, por caridad, apiádate de nosotros e intercede por estos pecadores ante tu Hijo. Amén.
MADRUGANDO POR TI, CRISTO MORENO
“Oh Dios, tú eres mi Dios, por ti madrugo; velando medito en ti, porque tú fuiste mi auxilio”; estas palabras tomadas del salmo 62, sirven para dar sentido a la celebración que la Cofradía del Socorro realiza en la madrugada del Viernes de Dolores. Madrugamos para iniciar la Semana Santa, no solo de Cartagena, sino de toda España. Es significativo que el lugar que recibió por primera vez la fe cristiana, traída a Cartagena por el Apóstol Santiago hace casi 2000 años, sea también el lugar que da inicio en toda la Península a la conmemoración anual del gran acontecimiento de la Redención de los hombres,
Así, cada año la sagrada imagen del Señor del Socorro, precedida de la Virgen de la Soledad del Consuelo, desciende a la ciudad desde los aledaños de su vieja Catedral. Cientos de miradas, de oraciones y de gestos piadosos cubren el cuerpo desnudo de Cristo. Y en medio de la noche cabría preguntarse: ¿Quién es ese que hace que salgamos a su encuentro en horas insólitas cuando aún el amanecer no corona nuestras cinco colinas y el sol no alumbra la bendita mañana de un día plagado de salves suplicantes a la Madre?
Es el Cristo del Socorro que nos anuncia que la Cruz en que está clavado es para nosotros el inicio de una vida nueva. Al paso majestuoso del Cristo del Socorro que se abre camino entre las gentes, nos preguntamos, hoy como hace 2000 años los habitantes de Jerusalén, al ver pasar a Jesús camino del Calvario: ¿quién es este?
Los Hermanos del Socorro, al desgranar las estaciones del Via crucis van desvelando el misterio y, a cada paso, y en cada estación van proclamando: “¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!” (Jn 1, 29).
Cada año, en una sola noche y, a través del ejercicio del Via crucis, vamos anunciando y meditando lo que sucederá a lo largo de una semana de diez días, la Semana Santa. Recorriendo las calles de nuestra ciudad, en medio de la oscuridad de una fría noche de primavera, vamos narrando la historia de amor más bella jamás contada.
TENIENDO A CRISTO POR TESOSO
El lema que aparece en el escudo de la Cofradía, dice: “Allí donde esté tú tesoro, estará también tu corazón” (Mt 6, 21). Nuestro corazón, como el de aquellos 33 nobles fundadores de la Cofradía en el siglo XVII, está puesto en el Cristo Moreno de la Catedral, nuestro Cristo del Socorro, Él es nuestro tesoro, aquel por el que madrugamos cada noche del Viernes de Dolores, día de la Virgen de la Caridad, el más sagrado de Cartagena.
Lázaro Gomáriz López.
Rvdo. Sr. Capellán de la Cofradía del Cristo del Socorro de Cartagena.
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