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La ciudad antropoide: San Juan como personaje casi humano en Simone de Eduardo Lalo

La ciudad antropoide: San Juan como personaje casi humano en Simone de Eduardo Lalo

Dalia Stella González

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[crítica-literatura-urbanismo]

Vivo enamorada de la Ciudad. Con todas sus contradicciones y soledades. No sé desde cuándo adquirí esta obsesión, pero lo cierto es que la ciudad me ha perseguido. Tarde comprendí por qué Batman es mi cómic predilecto: la seducción de habitar la ambigüedad, lo incierto; arraigarse sin remedio entre la Ciudad Gótica como representación del lado más oscuro del ser humano, pero a su vez, nicho del arte que enfrenta a la Metrópolis, donde la violencia viene de afuera y prevalece el orden. El narrador anónimo en la novela Simone de Eduardo Lalo (2013), recorre, fragmentado, abatido, los espacios ya narrados (la Avenida Ponce de León, la Plaza de la Convalecencia, el Cine Paradise) como si una misteriosa fuerza invisible interaccionara con él y los demás personajes. ¿Será San Juan misma? Sin duda. Este narrador/escritor de Simone, lanza un dilema existencial urbanístico que se hace eco de los dichos de uno de los personajes: “otros las fundan, las construyen y dominan, pero los escritores son los que inventan las ciudades” (Lalo, Simone 135). Pero, ¿acaso no somos todos los seres humanos meros materiales para la edificación última de una Ciudad del Ser? ¿Estamos frente al fenómeno de un antropomorfismo literario urbano en el Caribe? ¿Una teoría emergente?

El arribo de la Internet a partir de los años ’90, la indispensabilidad de las redes sociales, y la irónica solidificación de una cultura de lo perecedero han producido el desplazamiento de la ciudad como espacio aglutinador. La ciudad, tal como la conocíamos, ha colapsado. Esta realidad extraliteraria exige una reinterpretación de la ciudad en la narrativa ante la mirada de escritores que se han asumido como observadores sensitivos de la urbe como Eduardo Lalo. El resultado ha sido la mutación del espacio (topos) urbano en un ente “casi humano” que asume un papel de actante en la diégesis narrativa.

Para ello rescato a Jane Augustine, quien, en su ensayo de finales del siglo pasado “From Topos to Antropoide: The City in Twentieth Century Texts”, esboza la teoría de que escritores como Theodore Dresier, Henry James y Alison Lurie narraron ciudades con cualidades a semejanza de un personaje humano a principios de siglo XX. Sin embargo, el ensayo de Augustine no se vale de ningún andamiaje teórico, por lo que persigo construirlo desde una perspectiva multidisciplinaria y con ello evidenciar que San Juan también ha transmutado en una ciudad literaria antropoide. El objetivo de este análisis es proponer un postulado epistémico que permita aproximarnos a la naturaleza orgánica de las representaciones de las ciudades caribeñas.

Augustine se refiere a la urbe antropomorfa como un espacio casi-humano y se refiere a estas cartografías como antropoides. Afirma lo siguiente sobre esta condición metafísica y enigmática de la urbe: “The significant fact here is that the city, heretofore seen as physical and geographical, has made another quantum leap. It is now a metaphysical city” (Augustine 84). Parece apropiado que Augustine se refiera a la física cuántica para representar la fenomenología metafísica de lo urbano, en tanto que la ciudad es una construcción del hombre y no es naturaleza. La expresión “salto” implica que el fenómeno cuántico contradice el principio filosófico citado por Newton de que Natura non facit saltus. ¿Qué si la ciudad hubiese sido pensada como un organismo –a fin de contener vida –antes de emerger como un constructo del ser humano? ¿Serán los postulados de Augustine una etapa evolutiva que antecede la transmutación de la ciudad hacia otro espacio “llamado Ciudad Nueva” o “Ciudad del Ser”? Estas interrogantes, a pesar de no constituir materia de esta investigación, colocan la aportación de Augustine en perspectiva como base teórica filosófica respecto a la ciudad en un proceso ontomorfológico pleno. Con ello me refiero a que la morfología, en su acepción biológica, trata la “forma de los seres orgánicos, modificaciones y transformaciones” (paráfrasis de la Real Academia Española, 2017, N. pág.) y, por el lado lingüístico, estudia las palabras en su estructura y elementos. Una extrapolación válida permite que revisemos las estructuras y elementos de sentidos en los textos literarios como un fenómeno de transmutación orgánico de la ciudad.

Lo anterior se establece a fin de provocar una ruptura con la concepción de ciudad/ topos y adelantar una lectura más profunda al texto de Lalo. Una primera lectura de Simone puede parecerle al lector una poco común y elusiva historia de amor: un escritor puertorriqueño, habitante anónimo de una ciudad desparramada que no lo ve, comienza a recibir mensajes anónimos sugerentes. El/ la autor(a) de los recados es toda una incógnita: el escritor no está seguro de que se trate de un hombre o una mujer, pero la escritura por sí sola conduce a quien se enfrenta a la narración a aceptar que el escritor se está “enamorando” de esa palabra/voz asexuada que resulta ser la ciudad misma. ¿Cómo podemos, pues, distinguir en un texto literario si estamos ante una ciudad/topos o una Ciudad/antropoide que se comporta como un personaje casi humano?

Primero, la ciudad como personaje está presente cuando los personajes humanos, en especial los protagonistas, viajan, en tránsito, desarraigados, creando un flujo físico y cultural. El tránsito en Simone es escritural. San Juan es tan líquida tal cual Zygmunt Bauman describe la modernidad líquida, donde los nichos de identificación socio/cultural se funden a toda velocidad. La transitoriedad es el signo permanente en la vida del San Juan de Lalo con sus estados de incertidumbre e inseguridad. El deambular de los personajes en Simone radica en los signos, las imágenes desde cualquier no-lugar. Entonces, la escritura se apremia como la única y última herramienta para regresarle certeza, verdad y solidez al mundo.

Aun cuando las dos primeras novelas de Eduardo Lalo, In memoriam y La inutilidad, se estructuran en torno a la noción de viaje, en Simone, la condición de extrañeza de tal consciencia se radicaliza. Todos los personajes humanos son igualmente extranjeros en esta San Juan. La consciencia de viaje permuta a pedazos, fragmentos, trechos recorridos en y por la escritura en sí misma. Lalo desvía la mirada del lector en el primer núcleo de la novela a las viñetas que, por un lado, configuran pistas en la resolución de un enigma y, por otro, son los componentes de un viaducto que pretende conectar la escritura del narrador con los signos de Simone (seudónimo de Li Chao/ alter ego de la Ciudad. Es la ciudad desde el pavimento quien inicia el cortejo en este tránsito escritural.

El flujo en el que se mueven los personajes, en la novela, discurre en tres direcciones: circular, vectorial y migratorio en una constitución ternaria respecto a la escritura. La triada inicia mediante palabras que se desplazan en una circulación orbicular estilográfica sin salida –que es la dirección del narrador y de otros personajes escritores que los mantiene atados a la ciudad irremediablemente. El segundo movimiento, en contraposición al primero, está construido por imágenes y dibujos a modo de ideogramas. El único tráfico en el que Li se siente cómoda, aunque sea capaz de leer y escribir las palabras. Y si observamos con mayor rigor, el lenguaje de la ciudad se asemeja más al de Li que al de los escritores. Ambos flujos conforman una aleación de palabras y cuerpos, metáfora que atraviesa todo el texto de Lalo; la pluma de un escritor desconocido que persigue penetrar los signos/dibujos indescifrables de una mujer/ciudad. Más un ideograma que un crucigrama. Finalmente, el narrador esboza desde el inicio del texto el movimiento migratorio a través de la rutina de un hombre jubilado que acude al menos una noche por semana al aeropuerto. Es lo que llama el narrador habitar en la “frontera del viaje”, porque Lalo ha convertido el aeropuerto Luis Muñoz Marín en lo que llamo la “metáfora de la soledad concurrida que se mira para adentro”.

En San Juan, el tránsito prevalece ante la “ausencia de forma”, característico de lo líquido tan peculiar de la ciudad que habita. Los actantes deambulan desparramados en la liquidez misma que ya no es el tren de Dreiser, el bulevar de Baudelaire o la Sala de Conciertos de Carpentier, sino espacios citadinos con un deambular desde ese “nolugar”; una fragmentación escritural que se muestra en las viñetas del primer núcleo diegético de la obra: “Considero, además, que estos mensajes que parecen llegar con la luz o el viento, seguramente solo podrían ocurrir aquí, que son una forma que adquiere la vida en San Juan…” (Lalo, Simone 40).

En segundo lugar, para ser una ciudad literaria antropoide, los personajes humanos han de ser confusos, inmaduros o débiles, “inestables e inciertos en su identidad personal e inconsciencia” (traducción mía, Augustine 78). El mérito sobresaliente de la modernidad líquida es no tener ataduras; cosas, asuntos o relaciones personales que sugieran permanencia. Por lo cual, la vida de un individuo en este proceso de licuefacción es una lucha constante por mantener la forma. Detrás de la liquidez que representan esos mensajes anónimos dispersos por todo San Juan, Li Chao esconde su debilidad: “Vine a buscarlo pero no quiero encontrarlo. Quiero que me lea” (Lalo, Simone 35), evadiendo la intimidad, protegiendo su vulnerabilidad. Aun al final confiesa, en una nota de despedida, no estar segura siquiera de su identidad sexual. Igual le resulta imposible para a alguien que ha “vivido dosificando los vínculos con el prójimo” (75), como el narrador de Simone, amar en seco, aprehender, penetrar la ciudad. Como axioma teórico, la confusión y debilidad de los personajes humanos no solo encuentra su epistemología en la liquidez de Bauman, sino además en el ocaso de los afectos que Frederick Jameson destaca como síntoma posmoderno. Nuevamente, ningún personaje humano es capaz de sostener una relación sentimental estable. Esconden sus afectos y miedos detrás de la ambivalencia afectiva, por lo que Lalo representa del mismo modo a un San Juan incapaz de sostener una relación honesta y estable en su poder político.

A la anterior peculiaridad se suma la condición de lo ominoso, transferida a San Juan como una urbe antropoide, idónea para provocar angustia en la familiaridad cotidiana: “En la calle, me descubro cuidando las espaldas. No temo nada, pero pienso que puedo detectar los ojos que me espían” (Lalo, Simone, 40).

Queda evidenciado en Simone un tercer postulado, al exigir que las características particulares de la ciudad sean percibidas por los personajes humanos como una fuerza o presión sobre ellos capaz de generar decisiones o reacciones que, de otro modo, no hubiesen ocurrido. Li y el narrador experimentan dos decisiones difíciles de conjugar: un escritor heterosexual perseguido que se ha enamorado por medio de mensajes anónimos de una estudiante lesbiana; mientras ella, conspira, persigue y disfruta la seducción del juego enigmático de la palabra, tanto como la penetración viril en su cuerpo, donde antes fue lastimada. ¿Qué fuerza antagónica los une lanzándoles a vivir en el borde? ¿Quién les subyuga sus voluntades a tal grado insospechado? La colonialidad del poder y del ser.

San Juan, espacio corporal fraguado escrituralmente, no ha aprendido a defenderse de la opresión del colonialismo, en alternancia de dos imperios. La fuerza opresora en los personajes de Lalo responde al concepto de la colonialidad de las teorías poscoloniales. San Juan, en calidad de personaje antropomofoseado es figurado por Lalo como un ente bidimensional. Por un lado, es el ejecutor de la colonialidad del poder y del ser, arrogándose la posición de quienes por siglos la han dominado, pero al mismo tiempo, como cualquier urbe/Yo de este siglo, es además invisible para el sistema del mundo capitalista. Li no es la única damné (condenada). Todos los personajes lo son frente a la San Juan antropoide. Ostentan una invisibilidad visible, al decir de Maldonado Torres, “el damné es, paradójicamente, invisible y en exceso visible al mismo tiempo” (Nelson Maldonado Torres 151). Si bien Lalo reconoce que el ojo de San Juan vigila a sus habitantes de la periferia, en esta novela, atestigua que la urbe no discrimina en cuanto a convertir a todos sus moradores en víctimas, aniquilándolos.

Más aún, la escena del enfrentamiento entre el escritor español y los puertorriqueños, novela la deconstrucción que Maldonado Torres realiza en torno a la complejidad no reconocida de la formulación cartesiana: del “yo pienso, luego soy”. La misma es llevada a la noción más compleja, pero a la vez más precisa: “Yo pienso [otros no piensan o no piensan adecuadamente], luego soy [otros no son, están desprovistos de ser, no deben existir o son dispensables]” (Lalo, Simone,144).

Asistimos, en el texto además, a las concepciones militares de poder de “estrategia” y “táctica” de Michel de Certeau. San Juan antropoide se erige desde la ciudad letrada como una acción calculada, realizada por los sujetos de “voluntad y de poder”, quienes la realizan desde un lugar propio; y la táctica, por el contrario, también acción calculada, pero en un lugar “no propio”, ya que no tiene más lugar que el del otro. Ante la ausencia de Carmen Lindo, Li Chao ensaya “tácticas” que subvierten las estrategias del espacio universitario. Li Chao ha leído a Gabriel Zaid, pues ve en la lectura el modo de hacerse físicamente más real:

¿Qué demonios importa si uno es culto, está al día o ha leído todos los libros? Lo que importa es cómo se anda, cómo se ve, cómo se actúa después de leer. Si las calles y las nubes y la existencia de los otros tienen algo que decirnos. Si leer nos hace, físicamente, más reales (Zaid 19).

Si bien las universidades pueden constituirse en espacio de resistencia, en gran medida, se han acorazado con las planchas del sistema del Estado y sus tentáculos burocráticos han terminado por hacer de la universidad un aparato a su servicio. Dos lectoras voraces inmigrantes, Li Chao y Glenda, representan diferentes maneras de conocimiento que se oponen al de la academia europeizante. Pero en la fiesta de la profesora Lindo, ambas sirven como meseras, silenciadas e invisibles tras la apariencia hegemónica de ese grupo de académicos puertorriqueños, quienes se esconden detrás del poder del conocimiento, pero son igualmente débiles. La ingesta diaria de colonialidad por la ciudad no solo la constituye casi humana, sino que vigoriza su fuerza sobre los personajes humanos provocando reacciones únicamente posibles por seres que experimentan la colonialidad del poder y del ser.

La ciudad como personaje debe ser, además, una gran ciudad en el mundo real. Una primera impresión podría conducirnos a considerar que este elemento no es plausible respecto a la capital de Puerto Rico. Una isla en medio del Caribe, sin soberanía, cuya población es significativamente menor que la de cualquier barrio de cualesquiera de las grandes ciudades. Esta particularidad no se limita al tamaño o preeminencia internacional de la ciudad, sino a que sea rica en historia y estilo idiosincrático. Habiendo producido el Capital la homologación de las ciudades extensivas a cualquier parte del mundo, San Juan no es la excepción. Más bien, San Juan se resemantiza y se desterritoriza en Simone, como ese espacio espeso que es capaz de desdibujar fronteras jurisdiccionales y literarias, a fin de convertirse en la Urbe. Con la globalización, San Juan no es diferente de cualquier otra metrópolis. Apunta Lalo que “el mundo ya no es el mismo porque ya no es diferente” (Lalo, Los países invisibles 11).

El erotismo, es el último elemento tratado por Augustine necesario para que se configure la ciudad antropoide. Con Li se trabajan artesanalmente “tácticas enunciativas” (escribir, leer, trabajar, asediar, perseguir) y con ello se articula la transmutación de los elementos de la ciudad en un cuerpo. Advierto las intenciones de Lalo: tales actos de enunciación, más que todo, son un foreplay, un juego erótico previo antes de llegar al clímax; son también la performatividad de Judith Butler. ¿De qué manera? En el sentido en que subvierte el orden y el modo de la conquista. Es Li Chao quien ostenta el poder e inicia el juego lúdico, los enigmas escriturales que culminarán en los más sentidos placeres amatorios.

Otro artificio erótico, in-corporado en la cotidianidad de los repetidos encuentros amatorios de la pareja, será la obra plástica que Li dibuja con materiales comunes de cualquier farmacia que una vez encolados en los muros citadinos, nadie se aventura a profanar. Las piezas no iban firmadas porque aseguraba Li que “en la ejecución misma estaba la autoría” (Lalo, Simone 114). ¿A quién se le ocurriría firmar las caricias, los besos, los coitos o eyaculaciones? Tampoco San Juan signa los actos que ejecuta sobre los personajes humanos y causantes de que unos se alejen de ella y otros vivan irremediablemente atados a ella. A fuerza de la repetición de escribir las calles y pasquinar los espacios públicos, transmuta la urbe y va adquiriendo un rostro, una voz, se va convirtiendo en un ente casi humano. Los mensajes, los dibujos de Li se imbrican con los pasajes eróticos de la novela valiéndose, a manera de sinécdoque erótica del lenguaje entre ella y el narrador, pero también entre el narrador y su Ciudad.

El modo de erotismo de Li es un misterio; la ciudad es igualmente misteriosa. La belleza y el erotismo del lenguaje se traducen en un enigma indescifrable del cual el narrador/escritor ya es presa sin remedio tanto de Li y como de la Ciudad:

¿Dónde estaba el cuerpo de Li y el mío al estar con ella? ¿No tenía frente a mí la absurda ausencia de su cuerpo, una distancia que para siempre sería infranqueable e incomprensible? ¿Podría vivir con una mujer con la que, en mi viaje hacia ella, siempre me perdía? (107-108).

El narrador no sabrá hasta el final que estas preguntas también se las formulaba a la Ciudad. El efecto más contundente de esta opresión en la obra es la representación de una historia de amor particular como metáfora de la colonialidad del poder y del ser.

Finalmente, propongo añadir a la taxonomía de Augustine un sexto postulado: el cronotopo hipocéntrico, es decir, un centro organizador de los acontecimientos novelescos, del que habla Mijaíl Bajtín, que corresponda idénticamente con al menos una de las características psicológicas de uno de los actantes que lleven el peso de la acción. En San Juan este cronotopo es el de la espera. El narrador de Lalo desde el inicio confiesa “he sabido aguantar sin derrumbarme” (19). Aguantar es una forma de Aguardar. Se queda. Espera. Más adelante la voz del narrador/escritor asegurará, “La felicidad está ligada al regreso. Esperaba a Li. Esperaba la felicidad. Esperaba lo imposible y por eso continuaba esperando” (198). Igual lo sufre la ciudad. Es la espera del embotellamiento en La guaracha del Macho Camacho; el mismo espíritu de espera que habita en la figura del “quedado” del texto híbrido donde –también de Lalo– en el que el escritor espera en la nada que pasa, sin hacer nada; el texto convertido en un dispositivo de resistencia estética y política.

De modo que San Juan es una ciudad antropoide. ¿Aspirará a lo que Paul Zumthor llamó “la permanencia de una sociedad del ser”? Peter Stillman, el obsesivo personaje filósofo del lenguaje en la novela La ciudad de cristal de Paul Auster, concluye que la única tarea de Adán en el Edén había sido ponerle nombre a cada criatura y cada cosa, pero los nombres se separaron de las cosas, el lenguaje quedó apartado de Dios. Así que la historia del Edén narra no solo la caída del hombre, sino también la del lenguaje. En Simone, la Ciudad literaria antropoide de San Juan lucha y persigue reducir los grados de separación entre el lenguaje de la ciudad no lugar y la ciudad con plenitud de Ser.

Obras consultadas

Augustine, Jane. “From Topos to Anthropoid: The City as Character in Twentieth-Century texts”. City Images: Perspectives from Literature, Philosophy, and Film. Ed. Mary Ann Caws. London & New York: Routledge, 2013. pp. 73-86.

Auster, Paul, Paul Karasik & David Mazzucchelli. City of Glass, The Graphic Novel. New York: Picador, 2004.

Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Argentina: Fondo de Cultura Económica, 1995. Impreso.

___. Amor líquido. Acerca de la fragilidad de los vínculos humanos. Argentina: Fondo de Cultura Económica, 2005. Impreso.

___. Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores. Barcelona: Paidós, 2007. Impreso.

Certeau, Michel de. The practice of Everyday Life. Trad. Steven Rendall. California: University of California Press, 1988.

Lalo, Eduardo. Simone. Buenos Aires: Ediciones Corregidor, 2012.

___. donde. San Juan: Editorial Tal, 2005.

___. La inutilidad. San Juan: Ediciones Callejón, 2004.

___. In memoriam, en La isla silente. San Juan: Isla Negra Editores, 2002.

Maldonado Torres, Nelson. “Sobre la colonialidad del ser: Contribuciones al desarrollo de un concepto”. En: Santiago Castro Gómez y Ramón Grosfoguel, eds. El giro descolonial. Reflexiones para una diversidad epistémica más allá del capitalismo global. Bogotá: Siglo del Hombre Editores, 2007. pp. 127-167.

Popeanga Cherlaru, Eugenia. “De la ciudad hostil a la ciudad sin atributos” La ciudad hostil: imágenes en la literatura. Kindle ed. Madrid: Editorial Síntesis, 2015. Digital.

Real Academia Española. Diccionario de la lengua española. Edición del Tricentenario [En línea]. Actualización 2017.

Sánchez, Luis Rafael. La guaracha del Macho Camacho. Buenos Aires: Ediciones La Flor, 1976.

Zaid, Gabriel. Los demasiados libros. Barcelona: Debolsillo ed. Penguin Random House Grupo Editorial, 2012.

Zumthor, Paul. La letra y la voz de la literatura medieval, trad. Julián Presa. Madrid: Cátedra, 1989. Impreso.

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