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¿Dónde es Puerto Rico? Hacia una geografía de las letras
¿Dónde es Puerto Rico? Hacia una geografía de las letras
Juan Carlos Fret-Alvira
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[crítica-literatura-estudios culturales-geografía]
¿Dónde es Puerto Rico? Parece obvia la contestación, en la longitud 66.59 grados Oeste y la latitud 18.22 grados Norte, entre el mar Caribe y el océano Atlántico. Sin embargo, igual que la definición geográfica ha cambiado, y estamos ya conscientes de que la isla principal, de eso que llamamos Puerto Rico, no mide 100 x 35 millas, sino 111 x 39, de la misma forma que ya sabemos que no somos una isla, sino un conjunto de islas: la emigración ha hecho cambiar nuestro concepto de ubicación. No nos circunscribimos al espacio geográfico de nuestro archipiélago y esto tiene implicaciones en nuestra palabra y en nuestra definición. Nos han enseñado un país construido, finalizado, fijo; desde afuera por los dos poderes coloniales, desde adentro por los poderes hegemónicos criollos; un espacio, un idioma, una religión, una comida, unas características... Pero el ídolo tiene pies de barro y en el Caribe llueve a cada rato.
Aunque se suele definir a un país por su espacio geográfico, cada vez más se cobra consciencia de que el concepto rebasa los mapas. En el caso de Puerto Rico, no se circunscribe al archipiélago que lo compone oficialmente. Las olas migratorias, especialmente hacia Estados Unidos, han redefinido nuestra nación. No es necesario vivir en Borinquen, ni siquiera nacer en esa geografía, para ser puertorriqueño. Tampoco hay límites de idioma, no solo en castellano escriben sus autores. Ejemplos, cada uno con sus particularidades, hay muchos: desde Ramón Emeterio Betances, pasando por Julia de Burgos, Pedro Pietri, Miguel Piñero, Sandra María Esteves, Tato Laviera y Giannina Braschi; y llegando a los escritores del siglo XXI. Ese ir y venir constante que han facilitado los medios de transportación y del que nos habla José Luis González en “El escritor en el exilio”, que ha quedado popularizado y sintetizado en “la guagua aérea” nombrada por Luis Rafael Sánchez en su ensayo homónimo, no solo ha sido de personas, sino también de palabras, de poéticas, con influencias varias de uno y otro lado, cuestionando y expandiendo las fronteras del país y su literatura. A ese movimiento de personas que facilitan los medios de transportación, hay que añadir los medios de comunicación, especialmente la Internet, que hacen que la distancia parezca, en ocasiones, inexistente, al menos para los que tienen la facilidad de acceso al espacio virtual. Así que ese movimiento de humanos, palabras y sentimientos se da en diversas formas.
Decir que somos un país de emigrantes es decir la historia de la humanidad porque, ¿qué es la historia del mundo sino la historia de la emigración? En el caso de Puerto Rico, los indígenas que habitaron nuestro espacio no nacieron de la tierra como matas de plátano, sino que llegaron desde Centroamérica y Suramérica. Luego, hicieron su aparición los invasores españoles, que ya eran una mezcla de siglos de interacción de cristianos, judíos y moros, y más adelante trajeron a negros de diversas zonas de África. A estos se unen inmigrantes de diversos lugares del mundo, desde corsos hasta estadounidenses, desde chinos hasta dominicanos. Una vez constituido eso que llamamos Puerto Rico y el puertorriqueño, cuando fuera que haya surgido y no aventuraré una arbitraria fecha, empezamos a desplazarnos por el mundo y, a partir de la invasión yanqui, sobre todo, desde la imposición de la ciudadanía estadounidense en 1917, especialmente rumbo a Estados Unidos. Las olas migratorias de mediados del siglo XX, hacia diversas ciudades como Chicago, Nueva Jersey, Filadelfia, Connecticut y, particularmente, Nueva York, fueron redefiniéndonos. Cada puertorriqueño tenía y tiene un familiar y amigo en los United States of America. Con ello, comenzó ese ya mencionado ir y venir. Surgirán, entonces, los llamados nuyoricans y, con ellos, nuevos elementos de lo nuestro, determinados por la nueva realidad –actualmente, con el desplazamiento masivo hacia otras ciudades, algunos los clasifican como othericans–. Nueva York se convirtió en otro pueblo de Puerto Rico, así como hoy lo es Orlando –tal vez ya podemos hablar de orlandoricans–, y volvimos a plantearnos la antigua pregunta de la identidad; el qué somos y cómo somos, que data desde tiempos de coloniaje español, y que en tiempos de coloniaje estadounidense, en 1929, presentó a sus lectores la revista Índice. ¿Qué es un puertorriqueño? ¿Cuáles requisitos debe cumplir para poder ser llamado boricua? ¿Nacer en el archipiélago? ¿Tener padre y madre puertorriqueños? ¿Hablar español? En cuanto al lugar de nacimiento, me parece que está descartado como elemento de juicio. Conocemos puertorriqueños, por ejemplo, que nacieron en Estados Unidos, que nunca han pisado Puerto Rico, pero fueron criados en la cultura puertorriqueña, en su historia y se sienten boricuas. Igual que al cantante Luis Miguel no lo hace puertorriqueño el haber nacido en Puerto Rico, puede un boricua haber nacido en Estados Unidos o en la Luna, como escribiera Juan Antonio Corretjer, y eso no le impide ser lo que es. Un ejemplo paralelo lo dio un dominicano en 2017. El año pasado, durante el Clásico Mundial de Béisbol, y ante la pregunta de por qué escogió jugar para República Dominicana, a pesar de haber nacido y vivido en Estados Unidos, el lanzador dominicano Dellin Betances dijo: “Los dominicanos nacemos donde nos da la gana”. Tony Croatto es el ejemplo más radical de puertorriqueñidad, no de nacimiento (nació en Italia), ni siquiera de crianza (creció en Uruguay y Argentina), sino de aquel humano que lo siente, que llega a un lugar y se enamora de este y de su historia, cultura, gente. Ya vamos llegando al corazón del asunto, metafórica y literalmente.
El idioma ha sido eje de definición nacional en nuestro país. Desde el espacio académico hasta canciones populares como esa en que se escucha: “Los que dicen ‘Yes, my dear’, esos no son de aquí”. Ante la imposición del inglés en las escuelas por parte del gobierno estadounidense en Puerto Rico, se fue convirtiendo el idioma castellano en arma de batalla contra el invasor. Sin embargo, aunque entendible por la obligatoriedad de usar una lengua a la trágala, sin que lo hayamos decidido nosotros mismos, los hablantes (la literatura tiene ejemplos magníficos como el cuento “Peyo Mercé enseña inglés”, de Abelardo Díaz Alfaro), no es necesario usar el idioma como campo de guerra para definir quién es o no es del país. Klemente Soto Veles, el gran poeta vanguardista y nacionalista, defendió desde un comienzo el uso, por parte de los hablantes, del idioma que se les facilite más, que salga natural de sí mismos; que si un puertorriqueño quiere hablar en castellano porque esa es su lengua, pues, que lo haga; que si un puertorriqueño desea comunicarse en inglés porque ese es el idioma que aprendió en su realidad, que lo haga. No debe ser esto causa de divisiones entre los que sienten una nación.
Mencioné a Soto Veles y a Díaz Alfaro, y llegamos al campo de la literatura. Los autores que escriben fuera del archipiélago abren nuevos debates sobre qué es literatura puertorriqueña. La variedad de voces literarias que hay en el archipiélago, también la hay fuera de él. Si algo nos une es eso, la diversidad (igual que en colores de piel y orígenes). En las letras puertorriqueñas, el ejemplo iniciático de la literatura de emigración nacional es el Álbum puertorriqueño, escrito en 1844 por estudiantes boricuas en Barcelona, entre los que se encontraba el autor de El Gíbaro, Manuel Alonso. Así fuimos saliendo y desde la distancia escribiendo, ya no solo en castellano, como en ese ejemplo, sino también en los idiomas de nuestras nuevas realidades. Algunos le niegan la entrada a los que escriben desde afuera o en inglés, aunque hayan nacido en el archipiélago, a pesar de que sus temáticas trabajen las problemáticas puertorriqueñas, las alegrías y los pesares de los puertorros. Incluso, yo lo llevo más allá, puedo ser un escritor puertorriqueño no solo sin estar en Puerto Rico o expresarme en castellano, sino también sin siquiera presentar problemáticas o “realidades” de los boricuas. Con ser puertorriqueño debe bastar para ser así definida mi literatura. En su poema “26”, de Invitación al polvo, Manuel Ramos Otero se expresa sobre ese rechazo y el valor de lo hecho por esos despreciados: “Aquel que te soñó tú llamas necio / lo ignoras en el curso de tu historia: / lo que de ti contó no tiene precio”. En la misma línea de pensamiento, cito varios versos de José Raúl González, de su poema “Brodel sangre”, del libro Barrunto: “Decir brodel sangre, / es decir que otra vez debemos pagar el tax sentimental. / La envoltura, las manos, estén como estén, / pagar el hoyo salvaje / porelque emigran los ojos de la hisla, / el mismo porelque la hisla nos condena / por crímenes de guerra que no cometimos”.
Pero volvamos al uso de una lengua fuera de la castellana. Hay autores que no son incluidos en la historia de la literatura puertorriqueña o los colocan en un apartado, sin relación con la producción literaria del archipiélago. La distancia es motivo, pero el idioma es central a ese aislamiento y falta de integración. Hay un rechazo al uso del inglés, como si el idioma castellano, sí, ese que fue impuesto a los taínos y a los africanos, esclavizados ambos, fuese definitorio de quiénes somos, como si debiéramos defender la lengua de un imperio o pensáramos que fuera superior a la de otro, como si fuera un idioma surgido de nuestra tierra y no lo que es: un medio de comunicación. Sin embargo, esa exigencia de escribir en “español” no se le presenta al llamado “padre de la patria”, Ramón Emeterio Betances, por cuyas venas corría mezclada la sangre puertorriqueña y dominicana, y quien escribió en francés buena parte de su obra literaria porque vivió y estudió en Francia. ¿Quién se atreve a decir que los poemas de Betances no son parte de la literatura puertorriqueña porque fueron escritos en francés? Esto no es algo exclusivo de Puerto Rico y sus autores. Ejemplos como este se pueden constatar en otros escritores y países hispanoamericanos, como César Moro en Perú o Raúl Damonte Botana, “Copi”, en Argentina, escribiendo en francés. Otras latitudes nos regalan más muestras: el ruso Vladimir Nabokov narrando en inglés, el checo Franz Kafka expresándose en alemán, el irlandés Samuel Beckett utilizando el francés. Tampoco estos dilemas entre literatura escrita en castellano y en inglés suceden solamente en las letras puertorriqueñas, sino que también ocurren, por ejemplo, en las mexicanas debido a la amplia literatura chicana, y así en cada país hispanoamericano. Me limito a explorar las disyuntivas mencionadas; sin embargo, estoy consciente que la complejidad es mayor en muchas situaciones cada vez más numerosas: las de aquellos humanos que tienen raíces en diversas culturas, por padre, madre, crianza, educación, lugar de residencia, etc., y que nosotros nos empeñamos en clasificar exclusivamente en uno u otro encasillado, en nuestro afán de encajonar, de definir. Ya el poeta cubano José Lezama Lima lo advirtió: “Definir es cenizar”. En estas reflexiones, lo sé, también he cometido ese pecado.
No solo Betances se expresó en otra lengua. A él se une, en uno de tantos ejemplos, Julia de Burgos, quien, desde Nueva York, escribió poemas en castellano, pero también en inglés. En 1953, su último año de vida, escribió, por ejemplo, el desgarrador “Farewell from Welfare Island”, cuyos últimos versos dicen:
It has to be from here,
right this instance,
my cry into the world.
My cry that is no more mine,
but hers and his forever,
the comrades of my silence,
the phantoms of my grave.
It has to be from here,
forgotten but unshaken,
among comrades of silence
deep into Welfare Island
my farewell to the world.
¿Quién le niega a de Burgos la entrada a lo puertorriqueño por haber usado la lengua del “enemigo”? La diversidad antes mencionada se va reflejando en otros muchos. José Isaac de Diego Padró, Pedro Juan Soto, Klemente Soto Veles, Iván Silén o Manuel Ramos Otero, todos ellos escribieron desde Nueva York en castellano, principalmente. Pero también en inglés lo hacen Piri Thomas, Miguel Algarín, Martín Espada, Willie Perdomo, Urayoán Noel. ¿Les negaremos la entrada por escribir desde Estados Unidos y/o por escribir en inglés? O, ¿qué hacemos con un libro como Veinte, de Guillermo Rebollo-Gil?, escrito en Puerto Rico con poemas en inglés y en castellano. A estos autores no los une el idioma, sino el sentimiento. Y aunque, en su momento, esos escritores nuyoricans recibieron rechazo o silencio en el archipiélago, como escribió Bob Dylan: “The times are a-changin’”, y la aceptación es cada vez mayor. Pero más que la inclusión académica o canónica, que todavía es poca, retornan en estos tiempos aciagos en los versos de poetas del siglo XXI, como “Gallego” y “Guillo”, en José Raúl González y Guillermo Rebollo-Gil, quienes muestran en sus poemas la influencia, la marca de las poéticas de Pietri y Piñero. Son esos ya no tan chamacos que “hablan de nueva yol” y sus poetas. Es nuestro particular retorno de los galeones; en este caso diríamos: retorno de los aviones o de las palabras.
A fin de cuentas, luego de este recorrido de allá para acá y de acá para allá, en castellano, en francés y en inglés, por varias geografías, volvemos a la pregunta inicial: ¿Dónde es Puerto Rico? Puerto Rico está aquí: [señala el corazón].
Obras consultadas
Costa, Marithelma y Alvin J. Figueroa. Kaligrafiando. Conversaciones con Clemente Soto Vélez. Río Piedras: Editorial de la Universidad de Puerto Rico, 1990.
González, José Luis. “El escritor y el exilio”. El país de cuatro pisos y otros ensayos. Río Piedras: Ediciones Huracán, 1984.
González, José Raúl. Barrunto. San Juan: Isla Negra, 2000.
Lezama Lima, José. “Mitos y cansancio clásico”. La expresión americana. La Habana: Letras Cubanas, 1993.
Ramos Otero, Manuel. Invitación al polvo. San Juan: Plaza Mayor, 1991.
Rebollo-Gil, Guillermo. Sonero. San Juan: Editorial Isla Negra, 2003.
___. Veinte. San Juan: Isla Negra, 2000.
Rodríguez Pagán, Juan Antonio. Julia en blanco y negro. San Juan: Sociedad Histórica de Puerto Rico, 2000.
Rojas, Enrique. “Dellin Betances: ‘Los dominicanos nacemos donde nos da la gana’”. ESPN Digital, ESPN Deportes. 15 de marzo de 2017. <http://espndeportes. espn.com/clasico-mundial-beisbol/nota/_/ id/3029868/dellin-betances-los-dominicanos-nacemos-donde-nos-da-la-gana>