Sebastián Echegaray Rivera El reloj de pared dio la hora, y llenó con sus ocho gritos fúnebres la gélida habitación. Un cenicero con diez colillas de cigarrillos en su interior humeaba debido a uno que estaba a la espera de terminar junto con los demás, consumiéndose solo, agonizando en la oscuridad sin que nadie lo tocara desde hace un buen rato. El viento frío de la noche se filtraba por unas ranuras invisibles de las ventanas, generando un arrullo prolongado que simulaba el gorjeo de una paloma. Un hombre, sentado sobre su silla bailarina, tamborileaba con un bolígrafo azul sostenido por su mano derecha, la superficie de una descuadrada mesa de madera que había sido estabilizada por una precaria cuña de papel periódico puesta en una de sus patas. Por otro lado, la mano izquierda del hombre le soportaba la cabeza por miedo a que esta llegara a caer del cansancio. Casi ocho horas sentado en la misma posición, sin levantarse ni siquiera para prepararse un bocadillo, y mucho menos para ir al baño. Aunque esto último aguardaría su turno mientras no hiciese lo primero. Pero no podía hacer ni lo uno ni lo otro porque estaba a la espera, no de alguien, sino de algo, pero un algo con nombre femenino que a veces no se le encuentra por más que se le busque, por más que se le llame y se le pida a gritos su presencia. Esta presencia etérea tiene la capacidad de ignorar, de hacer caso omiso a tus súplicas mirándote con altivez, observando cómo te desesperas cuando más la necesitas y regocijándose de tu desgracia. Se interna en su madriguera y entonces es difícil hacerla salir. Desde ahí ella puede verte, más no tú a ella, solo te quedas con la imagen de una oscuridad insondable, una negrura capaz de absorber al mismo sol. Este algo es conocido como “idea”, un animal salvaje difícil de cazar. Su naturaleza escurridiza provoca que los más avezados sucumban en su búsqueda. Es como el leopardo de las nieves, como el santo grial de los intelectuales. A este animal le encantan los cerebros lúcidos, las mentes pensantes. Solo ante ellas se rinde y aparece como tierno gatito, dispuesto a ronronear siempre y cuando se le sepa domesticar. Porque si no, desaparecerá de la misma forma en que llegó y dejará a quien lo poseyó en un estado de angustia total. Nuestro personaje, a quien llamaremos Carlos, no porque ese sea su nombre, ni mucho menos, sino porque tiene un ligero parecido a don Carlos Firens, un ex militar de rasgos duros y de temperamento aún más duro que, en un arranque de locura, liquidó a todo su pelotón mientras estos dormían, colocándoles una bomba en pleno campamento para luego huir sin huir hacia la zona enemiga, dejándose capturar por un grupo de avanzada quienes lo dejaron libre a los pocos minutos después de enterarse de esa “gran hazaña” que obedeció más a su arrebato 12