Brandon Barrios El pescador navegaba por un lago, o al menos eso creía. Alguien le había enseñado que aquello era un lago, y nunca se atrevió a cuestionarlo. En él, podía ver los cadáveres de sus antepasados. Los órganos estaban desparramados por toda la superficie gracias a la descomposición de los cuerpos a los que habían pertenecido. Cerebros, hígados, pulmones, y algunos otrora estómagos. Su caña llegaba hasta el fondo del lago, lo que le permitía pescar algunos de esos órganos para guardarlos en una bolsa que siempre llevaba consigo, en su pequeña embarcación. Un día que prometía ser igual a todos los otros, pescó un corazón. —Debe ser el único que hay en el lago — se dijo—La ofrenda está completa — concluyó. Con todos los órganos que ya tenía, decidió ir al otro extremo del lago. Comenzó a navegar hacia el oeste; veía que la dirección a la que se dirigía le prometía un trayecto infinito, como si a medida que navegaba, la orilla del lago se distanciara cada vez más de él. Remaba con todas sus fuerzas, cada vez menores a causa de su falta de alimento. Con su estómago auto-fagocitándose, metió su mano derecha en el lago, extrajo de él un cerebro y comenzó a comérselo. En diez mordidas, aquel órgano desapareció. El pescador sumergió de nuevo su mano para ver si tenía suerte. Hacía mucho tiempo que no devoraba un hígado, y tendría que esperar un poco más: su mano se entrelazó con la de una mujer que emergió por su propia fuerza. La piel de aquella fémina estaba cubierta de sangre y algas, y su cabellera era negra y ondulada. —¿Así que tú eres el pescador? —le preguntó. —Sí, soy el que se atrevió a pescar en este lago. —respondió. —Eso puedo verlo, mortal. ¿Sabes en qué dirección vas? 16