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Luis Aceves Cierro los ojos, iluminas el cielo mientras decido usar mis manos como sedales para la primer cosecha de palabras entre los mares de tus sueños. Han pasado dos estaciones, cientos de pecados y miles de cicatrices desde aquella parasomnia en la que tuve mi última sobredosis de opioides y hui del cuarto al que prometí jamás retornar. Escucho tu voz y abro los ojos. Estamos en tu mesa favorita en Gijón. Te recargas en el ventanal de madera, admiras el toque de azufre en los árboles de mimosa, mientras el ocaso acaricia tus mejillas, como siempre. Llevamos un mes acudiendo de manera devota todos los sábados en la noche y ya nos conocen, como en todos los lugares antes de Gijón y todos los albores después de un veintidós del cuarto, como siempre. El sosiego que acompaña la brisa que hoy, llegó contigo, la que me recorre el cuello y permanece en mi pecho desde el día en que nos dimos cuenta de que no había fórmula para la perfección. Solté el timón, pidiéndole a tu susurro que me llevara hasta ti, entonces viento de tus insomnios, izando las velas sin brújula ni sextante. Nos liberamos de la misma condena que Sísifo. Los relámpagos en las tormentas de incertidumbre iluminaron nuestras liturgias hasta convertirse en fulgor. La falta de aire la usamos como pizcas de pasión, umami del cual nos alimentamos cuando compartíamos el aliento. Al ver la belleza en la tragedia, desnudamos el miedo de nuestras entrañas. Y las dudas que nos mojaban fueron la pólvora para los fuegos artificiales al estar juntos.
Aquel viaje dibujaste con tus dedos líneas de colores en este marfil viejo hasta que renació en arte. Así aprendí la matemática del compás en tu pecho, para tocar las notas en el Allegro de tus labios el resto de nuestras mañanas. La chimenea arroja destellos vivos de lo remanente. El amor de tu vida, recostado a tus pies. Arriba, la repisa del mismo marfil donde descansan nuestros recuerdos y todos tus sueños se encuentran colgados. Una cocina donde residía la magia, desde el elixir de la juventud hasta la felicidad eterna. Nuestras alas se han ceñido a un sillón. Un escritorio para dos y libreros llenos de nosotros. Las líneas infinitas que me quedan en las palmas se desvanecen. Cierro los ojos, tus palabras necias y las letras que nos inmortalizaron, me acarician el alma. La mujer de mil canciones, mi poesía en braille de cada luna. El perfume que devolvió de vida, la que no sabía que tenía e hiciste tuya, para amarte por el resto de mis pasos. Contemplo la partida serena, de cuyos ojos fueron la respuesta a mi propia existencia. No escucho tu voz y abro los ojos, la carga sigue ahí. Yo no estaba y tú nunca llegaste. Ahogado entre la droga barata y los mares de tus sueños. Las ambiciones sobran en un cuarto diferente pero igual al resto. Los miedos y el ruido desgarran nuestras almas mientras el resto hace fila. El arte se quedó en la pluma y a mi lado Sísifo.
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