ALICIA MAGUIÑA
LOS PANES SERRANOS Mientras en Lima sonaba fuerte “la nueva ola”, en noviembre de 1967 llegó a mi casa el alcalde de Puno para invitarme por siete días, a partir del primero de febrero de 1968, a esa ciudad, en la que me nombraría Hija Ilustre. Llegada la fecha convenida, arribé a la Capital Folklórica de América, pero me llamó mucho la atención –es más, me preocupó– que no hubiera nadie para recibirme. Ni siquiera un representante de mi anfitrión que me diera la bienvenida. Ya en el trayecto al hotel percibí y entendí el porqué de tal ausencia: toda la ciudad y alrededores, incluidas sus autoridades, se habían volcado a las calles para con un lujoso vestuario íntegramente bordado a mano, ensayar la coreografía correspondiente a cada una de las danzas por ejecutarse al día siguiente 2 de febrero, fecha en que se celebra la impresionante fiesta de la Virgen de la Candelaria. En esa época en Puno, cuando no primaba lo comercial, me sentí totalmente impactada por la belleza del vestuario completo de la mujer de Capachica: el manto negro cubriendo la cabeza y encima la montera –también negra– sobriamente bordada, cayendo suavemente como era entonces, con naturalidad. En medio de esta colosal víspera de La Candelaria, completando la vivencia me tocó conocer en persona a José María Arguedas. Estábamos alojados en el mismo hotel y nos cruzábamos en el comedor cuando él, Jaime Guardia y Mildred Merino de Zela desayunaban muy apurados para salir al campo a realizar su importante trabajo de recopilación y rescate de cantos y danzas ancestrales. Me moría por ir con ellos pero no me atreví a pedírselo. Compartimos también un recital de poesía en el que tuve el privilegio de cantar mis canciones nada menos que para José María, y un concurrido almuerzo durante el cual hubo discursos radicales que injustamente lo cuestionaban. Como era temporada de lluvias, nos encontramos en el –en esa época– elemental aeropuerto, donde esperamos en vano cuatro días para que pudiera aterrizar el avión que nos traería de retorno a Lima. En esas horas observé que Arguedas llevaba siempre con él un costalillo con panes serranos que cambiaba cada día. La escena era tiernísima. Se traía a Lima los panes serranos con los que mitigaba el desarraigo. José María Arguedas (1911-1969) nació en Andahuaylas, Apurímac. Perdió a su madre a los tres años, lo que dejó indeleble huella en él. El padre volvió a casarse en 1917 y José María quedó a cargo de su madrastra, la que lo hacía cortar alfalfa en las madrugadas frías y regar de noche los campos. Soy hechura de mi madrastra, quien era dueña de la mitad del pueblo. Tenía el tradicional menosprecio e ignorancia de lo que era un indio y como a mí me tenía tanto desprecio y tanto rencor como a los indios, decidió que yo debía vivir en la cocina, comer y dormir allí (…) Mi cama fue una batea de esas en que se amasa la harina para hacer el pan. Con unos pellejos y una frazada, un poco sucia pero bien abrigadora, pasaba las noches (…) Y quedaron en mi naturaleza dos cosas desde que aprendí a hablar: la ternura y amor sin límites de los indios (...) Yo soy un peruano que orgullosamente habla en castellano y en indio, en español y en quechua. 222